martes, 22 de abril de 2014

No sé jugar a juegos de mesa (II)

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“¿Sabéis lo más triste? Que si me pidiera jugar otra partida, me sentaría en esa mesa a ver lo que mi corazón ya sabe con tal de compartir otra jugada contigo...” esas palabras las escribí hace cerca de dos años. Y hoy estoy aquí. Sentado de nuevo en esta mesa.

No sé cómo hemos vuelto a llegar a esta situación. De la tarde a la mañana hemos pasado de no hablarnos, a que yo vuelva a estar sentado junto a ti. Contigo mirándome. Separados por esta estúpida mesa de roble viejo y con las cartas, barajadas, repartidas y en sus montoncitos, sobre este tapete verde que representa toda nuestra historia.

Nuestras manos sostienen las jugadas que en un futuro estas cartas nos pueden llegar a dar. No tiemblan. Están asombrosamente tranquilas. No puedo decir lo mismo de mis pies, mis piernas, mi estómago. Todas estas partes de mi enclenque cuerpo se agitan al verte. Tanto desde que decidimos venir a jugar la primera vez, como esta rara ocasión de ludopatía extrema.

Empezamos a hablarnos y como que no quiere la cosa, marcamos de nuevo unas reglas diferentes. Distintas por el simple gesto y esta extraña sensación de que nosotros mismos somos otros. Hemos jugado partidas en otras mesas y con distinta gente, pero nuestra conexión, esa que ha estado con nosotros desde hace dos años, siempre nos ha querido reunir de nuevo. Nos ve buenos compañeros de cartas o sino, no me lo explico.

Prometí no volver a sentarme contigo al lado si el destino de nuestro encuentro era empezar este juego. Me juré no tocar la baraja de nuevo. Bloquee todo impulso de acariciar el tapete y sonreírte. Tapé cualquier cosa que me vinculase a ti. Puse muros, piedras en mi camino y hasta desvíos trepidantemente exagerados para no encontrarte. Me mentí a mi mismo. Mentí a compañeros nuevos de juego y hasta al juez que controla todo esto. Aprendí trampas para que lograse ser más fuerte que tú. Todo fue en vano. Llegaste y todo se ha vuelto a  despertar.

Antes de empezar este raro juego, tocar sus fichas y levantar las motas de polvo del tapete… me detengo y miro lo que está pasando. Las reglas han cambiado. Son completamente nuevas. En esta partida nos hemos enseñado las cartas antes de comenzar. Y eso nos ha dado miedo. Hemos, queriendo o sin querer, pensado en los movimientos, cambios, recogidas o en los puntos que podríamos llegar a efectuar. A punto hemos estado de tirar o hacer el primer movimientos, pero nos hemos quedado quietos.

Llevamos jugando una partida desde hace dos años. Hemos cambiado de juego, reglas y dolores, pero parece ser que aquí seguimos.

He notado un cambio. Al igual que he notado el miedo. Y no sé si en algún momento, alguno de nosotros se levantaré y dejará al oponente aquí solo. Se irá de nuevo. Guardará su parte de la baraja y decidirá retirarse. No sé si será culpa de la mesa o de la historia que tiene este tapete.

Si pienso en todo lo que sé de este juego, me levantaría y me iría. Si hago caso a mi cerebro, contemplaría esta partida desde la barra de algún bar. En cambio, si hiciera caso a mi corazón, la cosa cambiaría. Ahora, todo se complica y parece ser que en mi lado de la mesa, se sientan dos grandes consejeros. Lo bueno es que en el juego siempre he hecho lo que me ha dado la gana. Perdiese o ganase.

También debemos sernos sinceros. Y si la partida no se va a jugar, debemos guardar las cartas, el tapete y desconectar esta conexión. A lo mejor simplemente debemos jugar a este juego con otras personas y olvidarnos de la buena pareja de cartas que hacíamos… Tal vez este juego siempre nos gane a nosotros en vez de ser nosotros los que podamos quitarle puntos a él.

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Lo único que pido es que no se comience nada si alguno de los dos no está seguro. Recogemos humildemente, comenzamos a olvidar de nuevo y si eso sucede, tal vez sea hora de llegar a pensar en quemar nuestro tapete.

No guardaré ningún rencor al otro contrincante. Lo prometo. Y si me levanto yo, espero que suceda lo mismo. Tanto si lo imposible sigue siendo imposible, posible o ninguna de las anteriores. Tu rutina. Mi rutina. Tu ciudad. Mi ciudad. Son factores no autoconclusivos. El problema es que si posicionan la balanza. Es un hecho, no es maldad. Solo ahora podremos pensar en que queremos de verdad.

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*Será mi última entrada sobre cartas, partidas u oponentes. Para lo bueno o lo malo. No digo que esto vaya a salir bien o mal. Simplemente sucede que no volveré a tocar este tema. Esta entrada de intenciones, es aclaratoria y no creo que pueda aportar más.

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