martes, 9 de octubre de 2012

No sé jugar a los juegos de mesa.

Vale. Yo me sé las normas. Las he estudiado, memorizado, razonado e incluso copiado mil veces en mi cuerpo. Pero, yo me pregunto, ¿por qué al final de todo este proceso siempre comienzo la partida sin la baraja completa?

Efectivamente, me faltan cartas en esta partida. Intento cumplir las normas, ser lo más políticamente correcto. Respetar a los contrincantes, incluso (mirad lo bueno que soy) intento no engañarles. No hacer trampas a alguien que apostó por mí. Alguien que dedicó su tiempo y cedió sus sentimientos en mí. Un simple joven que había estudiado las jugadas más rompedoras que este triste juego tiene.

Claro está, que no era oro todo lo que relucía, ni azul todo el cielo… A día de hoy, viendo como terminaron los porcentajes de partidas ganadas, partidas perdidas y algún que otro asombroso empate, te das cuenta que aquel rival que tanto admirabas, no era más que un perfecto estratega. Alguien que te cameló y te hizo creer que aun sin todas las cartas sobre la mesa ibas a poder ganar, y lo que tristemente quería, era ser el vencedor en este torneo.

¿Tanto daño tenías que hacer para ganarme? ¿No te salía más rentable decirme tus planes desde un principio? No, claro, lo más sincero a veces no es lo más bonito, y en cambio lo más ruin si suele ser lo que da mejores resultados…

No suelo hacerlo, pero me voy a sincerar. ¿Sabéis lo más triste? Que si me pidiera jugar otra partida, me sentaría en esa mesa a ver lo que mi corazón ya sabe con tal de compartir otra jugada contigo...

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