martes, 10 de mayo de 2011

Calles rusas y griegas.

Omsk, 10 de mayo de 2011.

Me encontraba en el bar del hotel. Pasaban diez minutos de las cinco de la tarde. Tú te retrasabas. Un café con canela (recomendación de una buena amiga, que mantendremos en el anonimato por su fina relación con la corona inglesa) me acompañaba en la espera.

Hacía siete años desde nuestro último encuentro. Nuestras vidas habían cambiado, las carreras y noches de lujuria por todos aquellos hoteles europeos se habían terminado. Te casaste hace unos meses. Mi ausencia a tu boda fue premeditada, pero mi regalo si que te acompañó. Me lo devolviste intacto, sin abrirlo, solo con una nota. “Veo que todavía sientes algo por mí, te lo devuelvo para que veas que para mí eres solo un par más entre todos mis zapatos del armario”. Me dolió, un dolor de corazón, ese que siempre dudé tener.

Llegaste poco después del último sorbo. Estabas estupenda. Tu figura llenaba de color la sala, me quemaba por dentro. (Veo que mi superación se quedo en un intentó, se puede decir que suspendí esa asignatura).

Tu entra se sincronizó con “9 crimes”, una triste canción de un irlandés profundo. Junto a esa canción, un beso y un qué tal se unieron en la sala, mostrando los despojos restantes de tantos años de amistad.

El tiempo nos apretaba, no nos dejaba respirar. El cliente nos esperaba en Omsk.

El viaje fue corto, tenso e incomodo. Habías cambiado tantísimo, ya no jugabas con la mirada, esoe gesto que me hacía gracia de ti, lo perdiste en siete años, un marido, un aborto, un divorcio y una separación matrimonia multitudinaria. Ah, se me olvida, y otro marido. Dos bodas en siete años y en ninguna me tenías de invitado. Te miré y rápidamente volviste a ponerte las gafas, adiós a tus pequeños ojos.

Tenía la boca seca, las palabras me rasgaban el paladar, nunca aprenderé a estar callado ante la ausencia de conversación y éste no será el momento. Lo fuiste todo para mí y ahora ni un simple – me alegro de verte. Aunque pensándolo bien, ante tal previsible comentario prefiero el silencio. Ante algo tan impersonal, quiero la indiferencia.

Aterrizamos, ya no quedaba nada para volver a separarnos. Un coche nos esperaba en el aeropuerto. El viento helado de aquella región rusa golpeaba nuestra cara. Los labios comenzaban a agrietarse. Temblabas ante la minúscula falda diseñada por Waight Keller.

En ese momento te besé. Se paró el mundo. Todo el ruido aéreo y galáctico que nos cubría desapareció. El frió se iba convirtiendo en vapor y el suelo de la pista de aterrizaje en moqueta. Todo parecía nuevo.

¿Qué haces? – preguntaste ante mi beso.

Pues dos cosas – comencé a decir – la primera eran mis ganas por recordarte lo que vivimos años atrás. No te pido volver ahí, pero si a tener la complicidad que en aquellos momentos disfrutábamos. Y lo segundo era solo un intento por humedecerte los labios, ya que veo que no tienes cacao.

¡Oh, Señor M. que detallista le veo!- Sonrió ella recuperando esa pizca de locura que tanto me gustaba -¡Pero si me vuelves a besar sin tener una excusa médica , te partiré el próximo vaso de licor en la cabeza!

Señor Melocotón.

Pd: Para mi Lola/Margaret porque gracias a ella me vuelve la inspiración. Sin olvidarme de las inquilinas de la 308, por ser como son e incluirme en sus vidas.

3 comentarios:

:D dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
:D dijo...

Tu querida Lola está que no cabe en sí. ORGULLOSA. FELIZ. ATRAPADA EN TU RELATO .Te superas Mr Olsen, algo que parecía difícil.Cada relato es una vuelta de tuerca...LLEGARÁS LEJOS PORQUE SABES CRECER. LLEGARÁS LEJOS PORQUE CREES EN TÍ. Yo también, adorable L.

Caótica Marta dijo...

Me haces soñar despierta por cada entrada que escribes, pero esta me ha llevado más allá.
Por un momento pensé que me besaban a mi...
Amo tus historietas románticas.