viernes, 5 de noviembre de 2010

El vestuario todavía estaba sucio del último partido, las duchas todavían tenían el vapor típico del calor concentrado.


Otra vez vuelvo a este césped. Sentir el frío en la cara. Pisar la hierba recién mojada por los aspersores del campo. La cazadora del equipo me queda pequeña, normal, hace dos años que no me la ponía.

Colocarme en el centro del campo, mirar las gradas, cerrar los ojos y recordar los aplausos, gritos, abucheos y las alegrías vividas en aquellos años de juventud.

Miro a las últimas filas y todavía veo a mi madre tapándose los ojos con las manos, para no ver si me hacían daño, pero siempre dejando una rendija, para ver que estaba bien.

Tres filas más abajo se encontraban mis amigos, Tom, Lua, Rita y Dean. Sus pancartas de ánimo impedían la visión a las personas de atrás. Años después formarían los dos matrimonios más sólidos que conoceré nunca.

En las primeras filas, estaban los profesores de ciencias, de matemáticas, inglés e historia. En la misma fila, pero del otro lado de las escaleras del centro, se encontraban la profesora de cocina, la secretaria del directo, la profesora de lengua y aquella monja tan simpática que regalaba pastillas del día después, de forma ilegal a las alumnas más promiscuas.

Sería muy típico decir que mi novia era la jefa de las animadoras, pero no, no era ella. Mi novia era Berta, la alumna con mejores notas de todo el estado de Iowa. Sus años de juventud fueron enmarcados en títulos, trofeos e incluso algún que otro cheque de los certámenes de ortografía y deletreo.

No le fui fiel, tal vez por eso estoy aquí, pensando en todo lo que hice y sobre todo en lo que hice mal.

Tu sentencia me persigue, me acorta el camino, me señala por donde paso: ¡Tú eres de ese tipo de chicos que vuelven al campo de fútbol una vez terminado el instituto!

Cada mañana me desvío del camino a la facultad de ciencias políticas para poder verte. No eres como te recuerdo, como la imagen de niña buena que tengo en mi cabeza. Ya no me recuerdas, ya me borraste, me olvidaste, me dejaste ir.

Pero tu sentencia me persigue, me ahoga y me marca por donde voy.

Si te parase, te agarrase del brazo y te dijese la verdad, nada cambiaría, como nada cambió cuando me viste en la cama con….

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